15 Ene DAY ZERO 2026: RITUAL EN LA SELVA, SANGRE EN EL PARAÍSO
Cuando la música electrónica ilumina Tulum… y la inseguridad baja el switch
Por Pepe Treviño
Tulum volvió a encender la selva con beats, fuego y amaneceres místicos. Day Zero celebró su edición XIII con más de 17 horas ininterrumpidas de música, un sold out total y un cierre de alto voltaje a cargo de Damian Lazarus y Marco Carola.
Para miles de asistentes —más del 60% internacionales— fue una experiencia que rozó con lo espiritual: cuerpos bailando entre árboles, humo, máscaras rituales y un sol que salió como promesa de renovación
Pero en el “paraíso” también hay otra historia que late fuera del Main Stage. Una que no suena a techno, sino a sirenas, balas y titulares internacionales, a pesar que Day Zero demostró su músculo al atraer a miles de turistas para romper con la inercia de una temporada vacacional tan baja como la moral del crimen organizado.
Lejos del hedonismo puro, Day Zero también empujó su agenda social. El partido amistoso con el Club Titanes de Tulum, la donación de la Titanes Van para transportar a niños y niñas del proyecto deportivo, así como la instalación de 80 luminarias solares en el cenote Dos Ojos -en donde se lleva a cabo el festival- para demostrar que es un festival que intenta dejar algo más que huella en la pista.

El otro Tulum: donde la fiesta se mancha de sangre
Mientras en la selva se intentaba celebrar la vida, el municipio enfrentaba su propia noche oscura.
Para todos es bien sabido que en Tulum, como en todo México, el crimen organizado ha contaminado de miedo, terror y violencia todo lo que se pone a su caso. Y así lo demostró tras la ejecución de una persona dentro del festival Tehmplo (dos días previos a Day Zero), operado por Mandala Group, durante la presentación del artista bosnio-alemán Solomon continuaba en su dj set antes de las 5:00 am.
La violencia no paró, en menos de 48 horas se llevaron tres ataques en eventos públicos, colocando a Tulum en titulares globales, no por su misticismo, sino por su violencia.
La contradicción es brutal: un festival que habla de comunidad, inclusión y futuro, en un territorio donde la inseguridad amenaza a trabajadores, organizadores, visitantes y locales por igual.

Dos realidades, un mismo escenario
Day Zero 2026 fue un manifiesto cultural: música, arte y responsabilidad social en uno de los paisajes más poderosos del planeta. Pero también fue el telón de fondo de un Tulum que lucha por no convertirse en sinónimo de riesgo. Porque también hay que decirlo, un halo obscuro se respira en esta joya del Caribe mexicano, donde el narcotráfico no pide piso, exige que cada establecimiento (bar, restaurante, antro) sea la narcotiendita oficial de Los Chapitos, el actual cártel jugador en el destino.
En la pista, la gente baila para olvidar el mundo. Fuera de ella, el mundo recuerda que el paraíso también puede sangrar.
Y ahí queda la pregunta, flotando entre la selva y los estrobos: ¿Puede un ritual de luz sobrevivir en una tierra que cada vez ve más sombras? Entre la fiesta y la crisis: la respuesta institucional y el esfuerzo por parte de las autoridades nuevamente nos deja con ese amargo sabor de boca, pero con los deseos de que los habitantes de este mundo sean como Damian Lazarus, un personaje que transmite entusiasmo para no quedarnos con los brazos cruzados.
¿Puede un ritual de luz sobrevivir en una tierra que se acostumbra a las sombras? Entre la euforia de la pista y la fragilidad de la calle, la respuesta institucional vuelve a llegar tarde y a medias. En ese filo incómodo entre celebración y realidad, la música deja de ser refugio y se convierte en espejo. Y es ahí donde figuras como Damian Lazarus encarnan algo más que un DJ: la posibilidad —aún frágil, aún disputada— de que la energía colectiva no sea solo evasión, sino una forma de resistencia ante un entorno que exige algo más que aplausos y amaneceres.
No Comments