3 ESCENAS 3: THE PEANUT BUTTER FALCON

3 ESCENAS 3: THE PEANUT BUTTER FALCON

Por Toño Turueño

Fuga es una palabra que no aclara que se inventa a sí misma y lo hace a golpes. La escena que empieza con el cuerpo de Zak enjabonándose frente a los barrotes, hace que el mundo se reduzca a un criterio casi escolar: o pasas o no pasas. Su significado no proviene de la metáfora, vive en la fricción, en el jabón, en el torso, en la insistencia. “Ser capaz” no cuenta como prueba de nada; la prueba es el vano atravesado. Cuando Zak sale, la fuga deja de ser definición y ahora se siente, en la noche, la caída con media maroma, la carrera torpe, el ruido mínimo de alguien que por primera vez no pertenece a una habitación.
Posteriormente en el muelle, en donde Zak se esconde, cambia el juego de lenguaje como quien te mueve el piso. Aprendes rápido que en ese territorio la capacidad es lo que el alguien puede sostener con su mirada y sus amenazas. Entonces aparece el fuego como símbolo. Después del incendio solo existe la persecución. Cuando alguien quema algo, está reescribiendo las condiciones. Así se explica a un fugitivo, primero moviéndose sigilosamente. El silencio son las reglas materiales de la supervivencia. Un ruido significa legible. Silencio significa ilegible. Justo cuando la fuga parece perfeccionarse como técnica, con el motor apagado, aparece Zak bajo la lona. Cuando Tyler le tapa la boca, queda claro una sóla cosa, el silencio solo se logra cuando el otro es compatible con el mismo modo de seguir vivo. Taparte la boca aun cuando estas vomitando es convertirse en fondo, y en ese pantano, para sobrevivir hay que volverse fondo. La escena enseña lo incómodo que es descubrir que la contraparte de la fuga es una negociación entre existencias con ritmos distintos.
Al final, esta secuencia con una frialdad casi tierna restablece la palabra “capaz”. En el hogar de retiro, significa “apto para un sistema”; en el pantano, significa “sostener la vida en movimiento”. Tal vez, fugarse es aprender a forzar nuevas reglas de reconocimiento. Sobre todo, cuando el mundo te quiere de vuelta en una jaula, aunque sea una jaula con buenas intenciones.

La película respira raro, como si por un rato el mundo dejara de ser crónica de un viaje y se volviera fogata. En la noche con la luz, el fuego hace el trabajo de un artista humilde; recorta caras, vuelve grandes las facciones, junta a los personajes en un círculo donde la oscuridad ya no importa. Beben pasándose la botella como quien se pasa el valor de mano en mano. Mantequilla de maní embarrada en un palo, en los dedos, se pintan con carbón, se construyen alas, gritan, se empujan jugando y se levantan con esa torpeza feliz del alcohol que vuelve al cuerpo más propio. Por un momento no se necesita explicar nada y queda claro cómo autonombrarse (Peanut Butter Falcon) se convierte en una capacidad práctica para vivir. Cuando Zak dice que el Halcón puede, de pronto puede. Como si el lenguaje, usado con cierta convicción, fuera un músculo.
Luego amanece. El fuego ya no es fiesta y la mañana se convierte en evidencia. Aparece la van con Eleanor, la responsable de Zak en el asilo. Con ella llega otro clima, otra temperatura moral. Tyler y Eleanor discuten. Ella desde el idioma de las reglas y procedimientos, él desde otra trinchera, el del espacio donde hacerse cargo significa no encerrar y cumplir una promesa significa seguir caminando. Se discuten condiciones sobre lo correcto, parece que cada quien tiene un diccionario distinto.
Lo más inapelable ocurre cuando Zak tira las llaves al agua. Es un golpe en la mesa. Quita del mundo la posibilidad práctica del regreso inmediato y obliga a que la discusión cambie de forma. Ya no sirve el lenguaje. Las llaves son el objeto más triste del mundo cuando solo sirven para cerrar el paso; y tirarlas es, por fin, usar un objeto para abrir. Al fondo queda la amenaza suave de lo que “debe ser”, la posibilidad de que al final habrá que volver a darle un nombre aceptable a todo esto, archivarlo creyendo que la libertad puede guardarse en un expediente.


Después en la balsa casi quieta sobre el agua y, al mismo tiempo, Duncan con Ratboy (los antagonistas que buscan vengarse de Tyler) oliendo el rastro, la fuga se vuelve una idea más profunda, se vuelve escapar de una definición que te aprieta el cuello. La balsa evoca libertad porque no tiene paredes, pero es otra jaula; todos sobre una tabla, sol a plomo, el aire espeso que cargará una discusión que no encuentra salida. De pronto lo que debería ser inmenso, se comporta como una habitación confinada donde el horizonte es una pared, elegante y lejana pero pared al fin. El mundo se ordena en dos niveles, arriba la confrontación, abajo aguantar sin respirar con la cabeza sumergida. Cada vez que vemos debajo del agua, sucede algo muy seco, la voz de los adultos se vuelve un murmullo, una radio mal sintonizada, y Zak con los cachetes inflados, los ojos abiertos, las burbujas como cadena, se vuelven la figura completa. El sentido de la escena llega por contraste, arriba se discute “capacidad” como idea, abajo se fabrica una prueba con las manos.
El significado de una palabra se comporta igual que una navaja en el pan, el agravio no importa por si se pronuncia o no, importa por cómo se usa. Tyler “golpea” a Eleanor con una verdad que duele porque es práctica. Le hace ver que aunque no diga la palabra, la hace funcionar cuando trata a Zak como discapacitado. Eleanor se defiende con el idioma del cuidado que aprendió en pasillos desahuciados, y de algún modo pretende que su biografía se vuelva argumento. Otra vez, se pone en tela de juicio el significado que implica que cuidar es habilitar, dejar que el otro se pruebe, mientras que por otro lado se sopesan las premisas de lo apropiado.
No gana el más elocuente; aparece un árbitro que no habla, el de la evidencia. Zak sale del agua con un pescado en la mano. Ese pescado reordena todo, ahora “capaz” se decide por lo que se logra hacer, no por etiquetas ni por prudencias ajenas. El lenguaje se ajusta al uso muy parecido a como se ajusta una venda a la herida. Queda la sensación de que el pez no es un pez, es un documento de identidad recién expedido por la realidad.
Mientras en la balsa se confronta la semántica, vemos de nuevo la hoguera, solo sus restos pero ahorca con Duncan y Ratboy, y el fuego reaparece como una figura que ya conocíamos… pero ahora preocupa. La misma forma que anoche fue ritual de alegría hoy es laboratorio del perseguidor, alas armadas con ramos, un frasco de peanut butter, cenizas convertidas en pista. Los objetos cambian de sentido por su uso. Hay que sospechar de lo material porque los objetos te devuelven la mirada. Ratboy entiende. Se aclara que el mundo exterior no necesita verte para encadenarte, le basta con seguir el rastro de lo que queda atrás porque la libertad es sustancia que mancha. La idea queda clavada como cáscara de polimitas entre las muelas, la fuga, en realidad, consiste en cambiar la semántica de “no puedes” a “demuéstralo”, mientras que el mundo insiste en devolverte a su propio diccionario, persiguiéndote con paciencia, haciéndote creer que la libertad es una deuda que alguien va a cobrar.

No Comments

Post A Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.