3 ESCENAS 3: LEAVING LAS VEGAS

3 ESCENAS 3: LEAVING LAS VEGAS

Por Toño Turueño

Poco después de la escena de créditos iniciales, vemos al protagonista que antes de hacer maletas, deja claro que para desaparecer de verdad, es necesaria una extirpación de todo aquello que pudiera recordarle que alguna vez perteneció al mundo. Compra bolsas de basura, cerillos, líquido para encender fuego. Vuelve a casa y empieza a deshacerse de todo; y todo va pasando de la categoría de pertenencia a la de residuo. Una mudanza supone la esperanza de otra casa. Pero cuando lo único que hay en el horizonte es una ciudad donde los bares no cierran y la voluntad de ya no quiero tener nada que me obligue a seguir siendo el que fui, entendemos, por la vía material, cómo las cosas dejan de sostener a alguien.

Hay, en el modo en que vemos lo que va al fuego, algo cruel. La escena no ordena jerarquías. Mezcla lo solemne con lo vulgar. Todo arde por igual. Los objetos cambian de significado por el nuevo uso que reciben, un pasaporte y hasta una foto familiar se vuelven simplemente combustible. Cuando cambian los usos, cambia el mundo. ¿Quién no se ha encontrado desesperado palpando paredes a oscuras en un cuarto de hotel?

La edición de la escena, incómoda, toma una dirección casi perversa. El ritmo es histérico. Cuando la destrucción se empuja con tanta inercia empieza a parecer convicción. La secuencia nos obliga a reconocer que Ben no está fuera de sí. Está extrañamente dentro de sí. O dentro de la última versión de sí.

Ben no destruye todo. La imagen de las bolsas de basura que quedan al arrancar su coche no es casual. Son demasiadas para ser una simple limpieza y demasiado ordenadas para ser un derrumbe. Frente a la casa, cada bolsa contiene restos, y los restos tienen algo humillante y al mismo tiempo liberador. Humillante porque rebajan la vida vivida al rango de desecho. Liberador porque, una vez metidos en bolsas negras, pierden su poder de interpelación. Sólo esperan el camión. Nunca una banqueta se pareció tanto a una frontera metafísica.

Ben quema para dejar de tener que cargar con la obligación de renacer. Cambia el régimen de su realidad y esto sólo puede suceder después de haberle retirado a los objetos su antigua función. La realidad cambia porque cambian las reglas de uso. Vemos una casa vaciarse. Antes de entenderlo, vemos con la lucidez que tienen los ojos cuando todavía no han sido estorbados por las explicaciones; vemos que un hombre se está reduciendo a la escala exacta de su propia desaparición. Dicho de otro modo, un hombre que se desprende de su vida, antes la mete en bolsas, le prende fuego a lo que sobra y se lleva sólo lo indispensable para morir sin equipaje ¿acaso hay otra manera de morirse?

El fondo de la escena donde Ben se muda a casa de Sera no es su condominio ni siquiera la sala donde él despierta. El fondo es Las Vegas, un fondo de neón. El de una ciudad donde las cosas sustituyen un simulacro de intimidad a cambio de algo, usualmente algo con precio. Ahí se empieza a fraguar una definición de dignidad rodeada de ideas viciadas siempre con Las Vegas respirando sin necesidad de dormir. En medio de ese fondo, donde casi todo puede comprarse, Ben y Sera intentan tratarse como si el otro no fuera una función.

Se dibuja una idea de dignidad que primero consiste en interrumpir el uso dominante de las cosas. Ben ofrece pagar la renta del mes, esa absurda manía de macho alfa que en este caso se resignifica. Él ofrece pagar porque necesita seguir sintiéndose sujeto. Sujeto. Es una diferencia pequeña y enorme que él mismo no sabe explicar bien “it’s better for me that way”. Todo apunta a que la idea central es que un hombre en Las Vegas bebiendo hasta morir ya no está en condiciones de reclamar nada. Y, sin embargo, la reclama, solidarizándose con la renta.

Ese reclamo es aún más delicado cuando Ben deja claro que está “totally at ease” con el oficio que ejerce Sera. Que de cierto modo confía y acepta su juicio, y jamás implica que le dé igual o no le importe. Eso desplaza la dignidad del terreno de la pureza al terreno del reconocimiento. Ben reconoce la autoridad de Sera sobre sí misma. En la normalidad eso no suele ocurrir. Lo habitual es que el otro quiera corregir, redimir o salvar, pasando por alto que el amor cuando se pone nervioso se siente como una invasión. Creemos que dignificar a Ben es quitarle la botella de la mano, y a Sera sacarla de la calle. Pero esta es dignidad en estado puro, sin incienso ni pedagogía. Reconocer la dignidad del otro significa admitir que no te pertenece su centro de decisión. E insisto, Las Vegas es la ciudad donde ese centro se negocia todo el tiempo. Tal vez por eso esta ciudad resplandece de un modo tan raro. Se recorta sobre un fondo desgastado y que desgasta. Nadie construye la dignidad de nadie, y menos sacándola de su realidad. Las Vegas sigue siendo Las Vegas. Incluso el regalo de la ‘anforita’, funciona como una forma dislocada pero precisa de reconocimiento. Sera le regala a Ben un objeto que acepta la verdad material de su vida.

Que ningún vínculo nazca de una mentira terapéutica, nada se construye corrigiendo los síntomas. Lo que podemos prometer es intentar no degradarnos mutuamente, reconociendo a la persona incluso dentro del síntoma.

Las Vegas, desde el fondo, es una especie de lente deforme que convierte todo en valor de cambio. En ese fondo, regalar una ánfora se entendería como colaborar en la destrucción del otro. Y sí, hay algo de eso. La escena no lo niega porque también entiende que no hay dignidad higiénica, que como esas plantas que crecen entre las grietas del pavimento, la dignidad debe sobrevivir incluso en un ecosistema donde casi todos sus signos están dañados.

Más aún, lo que pasa con Sera es todavía más complejo porque depende de que alguien no la use sentimentalmente. Lo terrible sería que también la cercanía con Ben fuera utilitaria, aunque fuera para fines nobles, para convertirla en símbolo de redención o prueba de humanidad del protagonista. A veces uno piensa que ser visto como persona debería ser lo mínimo. Pero no. Muchas veces es lo último que se concede. Y en Las Vegas, donde las personas corren el riesgo de convertirse en tarifa, esa concesión equivale casi a una revelación.

La escena, por tanto, intenta construir una forma de trato donde el otro no quede reducido. No le arrebata a Ben la soberanía sobre su ruina, le presta una forma mínima de contención frente al fondo devorador de la ciudad. Porque en Las Vegas todo se olvida.

Y además se añade la capa de “My One and Only Love” de Sting, que amalgama todo desde la forma amorosa. Vuelve más íntimo el campo de lo que está pasando, permite que Ben deje de verse sólo como alcohólico y Sera como prostituta. Dos personajes devastados que todavía alcanzan a reconocerse únicos el uno para el otro en medio de la desgracia. La canción retira lo abrasivo de la ciudad en primer plano. Sin embellecer la ruina, vuelve visible un cuarto lleno de botellas vacías, para que por un instante se convierta en una especie de cámara íntima. Quizá intentando que esa sea la definición de dignidad, la de impedir que la fatalidad vuelva todo intercambiable. En una ciudad donde todo corre el riesgo de ser usado, cobrado y olvidado, la dignidad acaba pareciéndose a conseguir que alguien, al morir o al amar, no sea reducido al costo de su caída.

Nicolas Cage, Elisabeth Shue, Julian Sands, Richard Lewis, Valeria Golino

Ben y Sera parecían haber inventado algo rarísimo, una forma de trato donde el otro no quedara reducido a mercancía o peor aún, a una encomienda. Pero al igual que las humedades que no se ven al principio porque las tapa la pintura, Las Vegas estaba detrás. Siempre detrás. Así que un día la pintura amanece hinchada y ya no hay manera de fingir. En la escena donde Sera encuentra a Ben en su propia cama con otra mujer se rompe esa idea excepcional. Cuando Sera entra al cuarto y ve a otra mujer salir de la cama donde está Ben, está viendo a Las Vegas irrumpiendo en su casa. La ‘otra’ mujer se da cuenta y simplemente se va, parecería que no hace falta que se diga nada. Sera sólo dice “Get out”, ejerce el límite. Una frase que modifica la realidad de inmediato. Cuando alguien dice “te dejo, vete o cállate”, lo que estaba flotando en el aire de pronto se coagula. La dignidad también consiste en impedir que el reconocimiento del otro se degrade hasta el punto de convertirse en disponibilidad infinita. No cabe un enunciado idealizado sobre la frontera del amor. Dice “Get out” porque necesita expulsar la equivalencia. Necesita salvar la forma mínima de sí misma que aún no ha sido arrastrada por la ruina del otro.

Hasta esta escena se podría creer que la relación de los protagonistas se soporta únicamente en aceptar al otro radicalmente, sin intentar reformarlo, sin imponer una moral propia. Y sí, consiste en eso. Pero añade una verdad sin la cual la primera se volvería ingenua o incluso peligrosa porque dignidad no significa permitir cualquier cosa. Reconocer al otro no conlleva abdicar. Aceptar la ruina ajena no significa subirse a una superficie infinita para que la decadencia se expanda. Por eso esa frase tiene tanta fuerza. Porque expulsa la idea de que la aceptación era infinita. Expulsa la fantasía de que el amor puede metabolizar sin restos cualquier degradación.

Así que una expulsión no deja demasiado espacio. En Las Vegas, donde casi todo puede ser usado, cobrado y olvidado, esta escena adquiere un espesor todavía mayor. Porque la gran amenaza de la ciudad es la intercambiabilidad. La ciudad donde se vale que un cuerpo pueda sustituir a otro sin que el sistema se inmute. Y contra eso estaban peleando, sin saberlo, Ben y Sera. Habían logrado suspender la ley general del fondo. Pero Las Vegas seguía ahí, esperando. En apariencia, era validado que la cama de Sera podía amanecer convertida en sucursal del neón. ¿Cuánta angustia encuentras al darte cuenta que la llave ya no abre tu casa? Las cosas pueden cambiar de naturaleza sin moverse del sitio.

La escena no invalida la ternura de toda la historia porque demuestra que el amor, aún cuando es profundamente digno, no puede siempre con el fondo del mundo. Y que por eso mismo puede romperse. Se sufre por amor cuando este es una excepción. En Leaving Las Vegas las excepciones duran poco. La dignidad del reconocimiento mutuo en medio de Las Vegas demuestra que dignidad sostiene su significado si se conserva el poder de enfrentar la decadencia, y que cuando esta cruce la puerta, se escuche una frase breve y absoluta: salte

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