02 Sep 3 ESCENAS 3: EL JOVEN MANOS DE TIJERA
Por Toño Turueño
ESCENA 1

La mujer que “adoptó” a Edward, Peg, se sienta frente a él con todo su arsenal de Avon. Prueba una base, luego una crema correctora, después otra, mezcla tonos, compara la palidez de la cara e insiste en difuminar. En el idioma original usa la palabra blend, develando con ello un prejuicio imperante en el mundo que presenta Tim Burton. En este lugar se cree que las cosas demasiado visibles deben suavizarse porque de lo contrario serán perturbadoras tarde o temprano.
Durante toda la escena Edward permanece quieto. Se deja hacer con una docilidad que a veces parece educación y otras quién sabe. Ella intenta ayudarlo creyendo que es necesario aplicar una solución prevista desde siempre para un problema que jamás había existido. Pero las cicatrices son indiferentes al maquillaje. Los diferentes productos destinados a ocultarlas se pegan en grumos y cada intento por corregir produce una plasta aparatosa claramente ajena. Sin embargo, insiste, su catálogo no contempla la posibilidad de que una piel se niegue a ser mejorada.
En ningún momento hay señales de que Peg se ha avergonzado por Edward pero eso no implica que constantemente quiera adaptarlo al mundo al que pertenecen ella y su familia. Viven en un suburbio que funciona a través de superficies regulares, de ropa correcta, piel uniforme, casas rectangulares, peinados ordenados, rodeados de normas opacas que evitan que algo genere preguntas de más. El problema es que al intentar adaptarlo lo fragmenta. Parece que la totalidad de Edward es tan extraña que no puede ser atendida de una sola vez, por lo que Peg enfrenta su palidez, cicatrices, tijeras y mirada rarísima como si sólo fueran pequeños desperfectos cosméticos.
Además, está limitada, sólo dispone del lenguaje de la corrección. El atropello de sus propios prejuicios se cuela tras una bondad incapaz de quedarse quieta ante lo que aún no entiende. Para ella, cuidar significa intervenir para proteger la incomodidad latente que el otro provoca en los demás.
Durante toda la escena Edward no habla pero su cara confirma que cuanto más intenta acondicionarlo se hará más evidente que algo no corresponde. Esta idea se repetirá muchas veces en la película, un círculo vicioso donde quien lo maquilla tambén se maquilla a sí mismo sin lograr esconder que debajo hay una colección de miedos camuflados. La superficie que Peg pretende homologar contiene una aspiración social muy confrontativa, la de una piel sin cicatrices que no tropiece la mirada. No es necesario preguntarse de dónde vienen las heridas del joven manos de tijeras, es obvio. Y aún así parece que nadie se detiene a pensar cosas más sustanciales como qué implica vivir con unas manos que no pueden abrazar.
La escena recorta el límite de la ternura. No hay duda sobre las intenciones de Peg por ayudarlo pero lo que no sabe hacer es convivir con su diferencia sin ponerla al servicio de sus prejuicios.
ESCENA DOS

En la secuencia donde las vecinas hablan por teléfono queda claro que una sospecha deja de serlo cuando otros la secundan desde el otro lado de la bocina. El barrio que está fragmentado en cajas y jardines circundantes estereotípicos del orden social norteamericano conectadas mediante el teléfono dan vida a una criatura doméstica de muchas cabezas.
La conversación empieza especulando por las cortinas de Peg sin que sea necesario asumir que por las rasgaduras de la tela se asomará una verdad oculta, porque a través del teléfono la escena cambia de dirección. Hablan de peligro, del milagro espurio con el que Joyce escapó de una agresión sexual. Una sóla mentira reescribe una cadena de anormalidades. El nuevo relato es una coartada perfecta porque unas manos así pueden hacer creíble casi cualquier cosa. Las tijeras no originan un prejuicio, le ponen un andamio.
Las demás mujeres aceptaron sin dificultad la versión del supuesto asalto sexual porque ellas también necesitan reescribir algo. Ahora la fascinación en torno a Edward empieza a resultar incómoda. Tantas cuchillas y de ese tamaño siempre han sido peligrosas pero eso se omitió mientras se utilizaron al servicio del espectáculo, ahora bajo un nuevo relato se cree que todos fueron demasiado confiados y todos estuvieron expuestos. El barrio descubre que puede absolverse cambiando sólo algunos verbos.
La edición de la escena es fundamental porque desaparece cualquier distancia. Lo que se dice en una casa, hace coro en otra dejando que la coherencia del relato se disfrace de evidencia. Cuando una sospecha ha atravesado varios teléfonos, adquiere el estatuto de un hecho y las referencias anteriores cambian de sentido. Bajo este nuevo marco el robo manipulado en casa de Jim se transfigura en prueba de un crimen, las cortinas rasgadas en síntomas de demencia y la cercanía con Kim en una imprudencia inconcebible. Todo empieza a señalar en la misma dirección porque la comunidad necesita que señale en la misma dirección.
Edward no aparece en la escena y quizá por eso resulta tan fácil hablar de él. Mientras estuvo delante de alguna de ellas, su timidez, su literalidad, su manera de bajar la cabeza contradecían al monstruo que intentaban colocar sobre su cuerpo. Ausente, en cambio, queda enteramente disponible. Ya no es necesario mirarlo; basta con mencionarlo. El prejuicio se define con simplemente tomar cualquier acontecimiento y explicarlo alrededor de esas tijeras hasta que parezca que siempre estuvo destinado a terminar allí. Las manos de Edward funcionan como el alfiler con el que las vecinas sujetan una nueva historia. Ahora basta con llamarlo peligroso. La simplicidad moral produce un alivio parecido al de ordenar tu cuarto para que cada cosa quede en su sitio, incluso la culpa.
En esta escena los Boggs tampoco aparecen pero cambian drásticamente de categoría. Alojar a Edward fue generosidad que ahora se convirtió en irresponsabilidad. La hipocresía detrás de la fiesta navideña funciona como examen de pertenencia. Nadie dice abiertamente que no irá pero la conversación termina con la confirmación de que todas saben que mienten.
La presencia de Edward en ese suburbio permitió que las vecinas se vieran como abiertas, modernas y de cierto modo hasta capaces de celebrar lo diferente. Pero ahora hay otras versiones, la comunidad se recarga en la versión que conviene con solo cambiar el papel que le asigna al que no pertenece. Cuando algo deja de servir como maravilla, sirve como culpable. Y un hombre con tijeras por manos permite que los demás corten de sí mismos todo aquello que no desean reconocer. El barrio rellena los huecos, cubre las contradicciones, mezcla las versiones hasta obtener una superficie uniforme. Colocaron sobre Edward varias capas de palabras hasta que ya nadie pueda mirarlo sin ver primero lo que se ha dicho de él. La historia se convierte en un espejo y cada vecina retoca el rostro del rol que juegan en ese mundo.
ESCENA 3

Después de salir muy desconcertado de casa de los Boggs y descargar sus tijeras sobre todo aquello que facilite catarsis, vemos a Edward sentado en la banqueta inquieto pero quieto. Hasta ahora sus manos figuraban siempre y cuando estuvieran haciendo algo, empezó esculpiendo setos, luego trasquilando pelo, raspando hielo, rasgando telas o abriendo cerraduras y detrás de cada acción el peso interpretativo de los demás para entender al protagonista. El suburbio nunca sabe si está ante un artista, un fenómeno, un jardinero, un ladrón muy ingenuo, un decorador o ante un monstruo.
De pronto se acerca un perro y se sienta a un lado de él ignorando sus antecedentes. Durante un instante están los dos en el mismo nivel, fuera de las casas, cerca del suelo, ajenos a cualquier especulación previa. El animal no mantiene esa distancia preventiva con la que los humanos se aproximan a Edward, lo que permite evidenciar que a veces la ausencia de prejuicios tiene la simple virtud de sentarse donde hay lugar. Edward nota que el pelo le cubre los ojos y simplemente lo corta.
La escena dura muy poco pero es suficiente para poner las manos en su lugar. Las tijeras que el vecindario había llenado de suposiciones encuentran un propósito elemental, quitar lo que estorba sin necesidad de un dictamen. La escena se explica a sí misma, no es necesario saber si el perro ve bien o no. Tampoco es necesario que alguien vea si el perro es ahora más bonito. Esta vez una mirada externa sobra porque Edward intervino para devolverle a otro la suya.
Pero las tijeras que encuentran sentido sin pasar por la interpretación de nadie no son ajenas a un mundo muy torpe para tratar con anomalías. Y a pesar de haber encontrado algo de sentido hay algo que ya no cambiará. Edward puede despejar la mirada del perro, pero no puede quitar de sí mismo los prejuicios del vecindario. No existe tijera capaz de desbrozar la ignominia cuando ya ha echado raíces. Impera la ironía detrás de un perro que se acerca al joven manos de tijeras sin presunciones, mientras que el vecindario, después de haberlo explicado de todas las maneras posibles, no es capaz de ver lo más obvio.
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