JAPÓN: RUTA NUCLEAR

JAPÓN: RUTA NUCLEAR

TEXTO Y FOTOS: ALEX ROBLEDO

Tengo una afición por conocer las capitales mundiales. Claro que no las he conocido todas, pero, puedo presumir que en París he tomado café en Les Deux Magots, como todo un remedo de intelectual. En Nueva York he paseado por Times Square y en Broadway para comprobar que lo mío no es la concentración de turistas ni el teatro; en Cape Town, Sudáfrica, nadé con tiburones como un Tarzán y también fui un viajero morboso para conocer los museos dedicados al apartheid.

Soy un coleccionista de millas y experiencias; me gusta meterme hasta la cocina, tal y como lo hice en Japón.

Después de 16 horas de vuelo me siento como un zombie, como un paquete de carne cruda. Pero decidí dejar Tokio para conocerlo al final de mi viaje. Este viaje tiene, como eje central, conocer Hiroshima y Nagasaki, las dos ciudades que fueron devastadas durante la Segunda Guerra Mundial con energía atómica. Un suceso que cambió al mundo entero.

HIROSHIMA Y EL TURISMO DARK

El viaje fue un road trip a bordo de la SUV Lamborghini Hurus, quiero sentir el poder de la máquina. Nuestra primera escala es en Nagoya, antes de llegar a Hiroshima y Nagasaki. Es importante conocer el castillo de Nagoya, un demo de la arquitectura de los primeros castillos del siglo XV. Es un referente, debido a que fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial y reconstruido en su forma original en 1959.

Las primeras horas como turista me tenían entusiasmado. Decidí entrar a la torre para conocer el museo que muestra artículos rescatados del incendio; me sorprendieron las 1,047 pinturas en el techo y en las puertas corredizas, todas clasificadas como «Bienes culturales».

Al siguiente día viajaría a Hiroshima, que había sido territorio de grandes samuráis, pero también destruida durante los ataques de 1945. Con un par de días en Nagoya decidí conocer la ciudad a pie. Así llegué a Nagoya Tower, una torre de 180 metros de alto que sobresale. Cerca de ella está Oasis 21 Spaceship Aqua, un centro comercial de moda, con zonas peatonales y fuentes que permiten verla mejor.

Son las siete de la mañana. Mi equipaje está listo. Me despido del concierge del hotel Nikko Style Nagoya y otra vez me pongo al volante de este lujoso bólido italiano para dirigirme a Hiroshima, donde experimenté una sensación muy extraña. Es curioso que ahora soy yo el que se ve exótico. Acostumbrarme a esa idea es divertido, pero hace hambre y nos dirigimos a Hanbe Garden, un restaurante tradicional en la parte sur de la ciudad que ha sido frecuentado por la comitiva del G7, que se deja apapachar con una cocina Kaiseki-ryori, con sashimi tailandés de abulón, un perfecto y delicioso tempura.

Después de la comida me sumerjo en la música sintoísta centenaria tocada en vivo antes de caminar por el hermoso jardín creado por Mirei Shigemori.

Es importante tener el estómago contento para continuar por el tour por esta ciudad que recibió el primer bombardeo atómico de la historia, el 6 de agosto de 1945, cuando murieron más de 120 mil japoneses, obligando a que el país se rindiera de inmediato durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar que la guerra había concluido, de los más de 360 mil heridos que arrojó este acto bélico, una gran cantidad de éstos comenzaron a presentar mutaciones genéticas debido a la radiación a la cual estuvieron expuestos. Percances biológicos y anatómicos que persisten hasta nuestros días dentro de la población japonesa.

Con ese antecedente el gobierno decidió levantar museos y construcciones para no olvidar de lo que es capaz el ser humano. Así surgió el Memorial de la Paz de Hiroshima, conocido también como la Cúpula Genbaku, edificio que no se derrumbó después que cayera la bomba a una distancia de apenas 150 metros. Hoy, todo un símbolo de esperanza para la paz mundial, uno de los atractivos turísticos más famosos de Japón donde exhiben objetos que recuerdan los ataques; hay exposiciones interactivas que incluyen narraciones de experiencias de las víctimas. Molesto por la barbarie, descubro que el museo también hace crítica del militarismo japonés y muestra información sobre las armas atómicas en el mundo. Con tristeza, reconozco que el mercado más grande del planeta es nuestro propio odio.

Necesito aire fresco. Me dirijo a Miyajima, una isla que en español significa Isla-Santuario. Contrario a todo lo que había conocido durante el día, aquí se respira un ambiente relajado. La isla ha sido venerada desde tiempos antiguos y se han encontrado vestigios de construcciones desde el año 593. Aunque la principal atracción es el santuario Itsukushima, construido sobre el agua.

Aunque soy un poco escéptico respecto a temas espirituales, aquí pude sentir algo especial…o creo que el jet lag aún estaba haciendo de las suyas. Por un momento consideré la idea de venerar a la deidad del mar, o será por su exacta localización, descansando sobre las olas marítima que me hace sentir vehemencia. Me quedé callado.

Después de un par de horas regresé a la ciudad. Atrás quedaron los santuarios y las construcciones diseminadas en la montaña. Era mi última noche en Hiroshima y debía ser en un hotel supremo.

 

NAGASAKI Y LA NOSTALGIA

Mi guía y yo decidimos dejar el auto en el hotel para dirigirnos a la estación del tren bala que nos llevará a Nagasaki, a una velocidad de 320 kilómetros por hora. Desde la ventana reconozco que esta ciudad luce diferente. Mi guía me comenta que en esta región hay arraigos culturales de gran valor, a pesar que este puerto, flanqueado por paisajes boscosos, fue la primera puerta comercial de Japón y Occidente. Por eso se pueden ver modernos edificios de estilo europeo.

La primera atracción cultural es el Museo de la Bomba Atómica de Nagasaki, que conforma parte del Parque de la Paz de Nagasaki. El complejo cultural ofrece una visión informativa acerca de la tragedia creada por el impacto de la bomba atómica Fat Man, que cayó en la ciudad el 9 de agosto de 1945.

La emoción se pone a flor de piel desde el principio. Y no se trata de hacer turismo dark, es un recordatorio para no olvidar; sensibilizarnos acerca de lo que sigue sucediendo en todo el planeta, por ello los objetos expuestos son perturbadores. Hay pertenencias de las víctimas, ropa y juguetes carbonizados. Se exhibe el reloj que se detuvo justo a la hora exacta del bombardeo que cambió la historia del planeta. Se trata de una visceral forma de narrar lo sucedido, un museo concebido para abolir de las armas nucleares y promover de la paz mundial.

Dicen que el amor entra por la boca. Y es justo lo que necesito, mucho cariño, afecto que encontré en Osakaya Hamanomachi, el restaurante donde el trabajo de restauración gastronómica lo ha posicionado como uno de los mejores cinco espacios culinarios en Nagasaki.

Disfruté de un delicioso meat sashimi, un gran chateaubriand, también bebí una gran cerveza de barril de la casa y de un majestuoso sukiyaki con wagyu A5 que lucía un marmoleado BMS 10.

Es la última noche en Nagasaki. Me despido de mi guía y agradezco su apoyo para conocer esta historia de Japón. Mañana conoceré la ciudad fantasma conocida como Gunkanjima, una misteriosa mina de carbón que funcionó después de la Segunda Guerra Mundial, hasta quedar abandonada en 1974 al haberse agotado el mineral que se extraía.

Pero hoy, solo tengo mente para recordar lo que he vivido y debo hacerlo al puro estilo contemplativo, en el hotel Iki Retreat Kairi Murakami. Un pequeño santuario en la ancestral Isla de los Dioses con 12 habitaciones que me ayudará a purificar mi espíritu, un complejo de hospedaje frente al mar que pareciera conformar un jardín zen elaborado por el universo.

JAPÓN EN LA RED: www.japan.travel/es/

HOTEL NIKKO STYLE NAGOYA: nagoya.nikkostyle.jp/en/

HOTEL IKI KAIRI MURAKAMI: www.kairi-iki.com

ARRENDADORA DE AUTOS DE LUJO:  www.tokyosupercars.com/rentals

RESTAURANTE HANBE GARDEN: https://hanbe.jp/

OSAKAYA HAMANOMACHI: Japón, 〒850-0853 Nagasaki, Hamamachi, 11−11 和田ビル 1F

 

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