08 Jun 3 ESCENAS 3: CABARET
Por Toño Turueño
ESCENA 1

Sally y Brain han caminado por Berlín persiguiendo una conversación frenética llena de especulación y planes en la que ella descarga la posibilidad de convertirse en una estrella hasta que escucha a un tren pasando por la ciudad. Reacciona y se apresura para que el tren pase cerca de ellos. Ahí deja que la ciudad haga más ruido que ella y entonces grita. No se trata siquiera de libertad plena, porque dura apenas lo que dura la máquina pasando por encima. La escena invierte la lógica esperada, los personajes deberían ser la figura y el tren el fondo, pero el ruido del tren ocupa todo. Brian y Sally quedan reducidos a dos peatones escondidos bajo la mesa de la Historia. Pero Sally, que entiende la lógica torcida de ese mundo, convierte la opresión en herramienta. El tren la aplasta y al mismo tiempo le da volumen. El ruido la cubre y por eso mismo la autoriza. Parece que donde Brian ve una interrupción, ella ve una salida. Y al animar a Brian a hacer lo mismo, comparte una excentricidad en forma de supervivencia.
La escena del grito bajo el tren parece pequeña pero en realidad deja que la película confiese. Normalmente un grito llama, advierte, pide auxilio o acusa. Pero debajo de ese puente no hay destinatario. Es una expresión que no quiere explicar nada. Sally le enseña a Brian que hay emociones que se exponen en los momentos en que nadie las pueda apostillar. Sally, que actúa para ser vista, encuentra una forma de verdad basada en no ser escuchada. Su teatralidad deja de parecer frivolidad y se revela en una especie de inteligencia de emergencias. Brian, con su compostura y su distancia, recibe una lección que no cabe en los libros ni en el encuadre de la moral inglesa. A veces la sinceridad necesita escenografía.
Si vivir consiste en negociar con fuerzas que no se detienen a escuchar, el tren pasa por encima al igual que lo hace la violencia política o la indiferencia. Gritar es una libertad mínima, ridícula si se mira desde la última fila; pero desde dentro tiene la virtud de las cosas pequeñas que impiden la catástrofe íntima.
La escena deja entrever que el ruido puede ser refugio. Porque hay circunstancias que en voz normal se vuelven insoportables, y que conviene lanzarse contra una máquina para que la máquina nos despedace un poco.
Luego el tren se va, vuelve la noche. Pero en Cabaret, la verdad no siempre aparece cuando se apagan las luces; a veces aparece cuando el mundo hace tanto ruido que por fin nadie puede oírnos. La verdad rara vez puede presentarse desnuda. Necesita canciones, humor, coreografías, alcohol, espectáculo. Quizás por eso en el Kit Kat Klub a todo número musical se le cuela la calle, y en la calle la intimidad se vuelve un grito tapado por un tren. ¿Será que para que algo verdadero pueda aparecer antes debe entrar en personaje?
ESCENA 2

La única escena donde se canta en un espacio abierto está llena de figuras sencillas, la de un joven, una canción “inocente”, una voz clara, luz natural y convivencia familiar. El fondo parece inofensivo. Pero poco a poco responde. Las miradas se alinean, los presentes se levantan de sus sillas, con la excepción de un viejo que parece renegar, pero aún así las voces se suman. Lo que era paisaje se vuelve volumen. “Tomorrow Belongs to Me” parece una escena de consolidación nazi, pero eso sería leerla tarde, la enfermedad ya tiene diagnóstico. Su verdadera fuerza está en que aparece antes, cuando la presión que ronda el aire todavía no presenta sus intenciones de modo explícito y se esconde.
La amenaza entra afinada. No se impone, se ofrece en forma de promesa astuta. Ese tipo de astucia es muy peligrosa cuando algo se degrada porque primero parece esperanza.
Lo que era canto individual se convierte en pertenencia. La figura que engaña con la de un muchachito es la de una comunidad descubriéndose a sí misma en una armonía que tiene pinta de himno. La escena cambia poco a poco de belleza a disciplina, de emoción sutil a reclutamiento. Al principio, cantar parece significar futuro, orgullo, una especie de limpieza sentimental. Pero cuando los demás se suman, cantar deja de ser expresión y se vuelve contraseña. Quien canta queda dentro; quien no empieza a sobrar. La canción no dice solamente “mañana”; dice “nosotros”. Ese nosotros, cuando se canta con tanta convicción, empieza a necesitar un ellos.
Cuando no se grita contra un enemigo visible; se canta para darle cuerpo a una presión que todavía circula llena de malestar, humillación, deseo de orden o ansiedad colectiva. La escena muestra cómo una fuerza invisible encuentra una forma sensible encubierta de melodía, coro, postura, comunidad. Lo atmosférico se vuelve audible. La angustia, que parecía dispersa, descubre que puede marchar.
En Cabaret, la degradación no siempre se reconoce mientras ocurre. A veces llega con una forma bella que consigue avanzar. “Tomorrow Belongs to Me” deja entrever que algunas catarsis alinean. Algunas canciones reclutan. El horror puede aparecer como futuro compartido. Cuando una amenaza consigue sonar bien, el mundo ya empezó a quedarse sin defensas.
ESCENA 3

Los números musicales del Kit Kat Klub rompen con la idea del musical clásico, nadie canta mientras dialoga ni expresa su mundo interior a través de canciones. En principio, parecen números de entretenimiento que priorizan las piernas, focos, cortesía de prostíbulo; pero en realidad son la manera en que la película dice lo que nadie se atreve a pronunciar en la calle. Afuera, la presión está dispersa, incomodidad política, miseria moral, una economía que aprieta, un antisemitismo que todavía puede fingir que es comentario, en esencia, violencia que todavía conserva modales. Adentro, en el cabaret todo eso encuentra un escenario para que podamos ver la degradación sin abandonar la mesa.
Ese es el lugar que ocupan los musicales en esta película. El cabaret representa un tercer estado de la catarsis a manera de grito coreografiado. A ratos es una descarga íntima y en otros un pretexto de adhesión con su público. El Kit Kat Klub toma aquello que presiona desde el ambiente de tiempos enrarecidos con miedo, deseo, dinero, humillación, exclusión y los evidencia. Es una fábrica donde lo invisible se asoma, siempre y cuando acepte volverse espectáculo bien ensayado.
Por eso “Willkommen” abre una forma de mirar. La bienvenida del maestro de ceremonias tiene algo de puerta y algo de trampa. Invita a entrar en un mundo donde todo podrá decirse, siempre que llegue sonriendo. La adversidad, los propios fantasmas y la violencia política aparecen como hospitalidad torcida. El cabaret te recibe antes de que sepas qué estás siendo recibido.
Sally en “Mein Herr” vuelve el deseo en un reflector que clama libertad; una libertad que sabe posar, girar, sentarse, levantarse y despedirse en el momento correcto. Ella domina la escena, pero esa dominación ocurre dentro de una vitrina. Su cuerpo parece dirigir la escena, aunque el reflector lo convierte en mercancía luminosa. La presión invisible por controlar la mirada ajena antes de que esa misma mirada te controle a ti.
“Two Ladies” hace lo mismo pero con pura transgresión. Lo que afuera podría incomodar, adentro se vuelve chiste. Tres cuerpos, la sugerencia de una cama, un equívoco no muy discreto e incitaciones sexuales convertidas en aplauso. El cabaret descubre que casi todo puede volverse aceptable si se le encuentra el ritmo correcto. Pero el ritmo en el Kit Kat Klub no es limpio, necesita que alguien pague la cuenta.
Con “Money, Money”, el mecanismo se vuelve descarado. El dinero se convierte en coreografía. Todos bailan porque algo falta, porque algo se compra, porque algo se vende, porque alguien depende de alguien. Afuera, la economía puede disfrazarse románticamente, disfrazarse de oportunidad, de conversación educada. En el cabaret, en cambio, se vuelve visible la ausencia que implica al deseo dentro de una economía.
“Maybe This Time” visibiliza una presión más íntima. Sally canta por esperanza, pero no puede hacerlo en voz baja; necesita ponerla bajo la luz del escenario. Incluso la posibilidad de que “esta vez” para que algo salga bien debe volverse presentable. La esperanza, en Cabaret, tampoco aparece desnuda, suele ir acompañada con música para hacerla vendible.
En “If You Could See Her”, el cabaret muestra su ángulo más venenoso. Crueldad y prejuicio con gracia. La violencia simbólica no necesita una definición de ideología política porque puede circular como ocurrencia. El público es parte de la burla, del mensaje encubierto de entrenamiento. La escena enseña que el odio no siempre golpea la mesa; a veces burlándose se rebasa el escenario. Y si una sociedad aprende a burlarse de su propia violencia lo único que le falta es salir a la calle.
Al final, “Cabaret” funciona como defensa desesperada. Sally canta insistiendo en que la fiesta continúe aunque debajo del piso ya se escucha que algo se derrumba. El número musical no refiere al lugar, lo que hace es descubrir el método que lo funda. Si la vida se pudre, ponle música; si la tristeza avanza, ilumínala; si el entorno presiona, conviértelo en coreografía. Hay una forma de supervivencia que también es una forma de complicidad. El cabaret permite soportar el deterioro porque le concede un sentido estético aunque sea terrible.
En conjunto, los números musicales denuncian a una sociedad que no identifica su enfermedad antes de padecerla. A veces si se canta “Willkommen” se convierte la degradación en hospitalidad; “Mein Herr”, en deseo; “Two Ladies”, en chiste; “Money, Money”, en ritmo; “Maybe This Time”, en crudeza; “If You Could See Her”, en burla; “Cabaret”, en una posibilidad de supervivencia. Cada canción toma una presión invisible del entorno y le fabrica una forma escénica. Por eso el Kit Kat Klub no está al margen del entorno político, sólo lo navega con maquillaje, exponiendo la verdad por la única vía que todavía resulta soportable. El cabaret vuelve visible lo que afuera permanece atmosférico, pero al hacerlo también lo vuelve consumible. Esa es la trampa. Uno mira, disfruta, y cuando se quiere tomar distancia, la válvula de escape entra en acción. La presión que venía del mundo se convierte en canción, la canción en aplauso, y el aplauso, quizá, es la forma más educada que tiene una época de no escuchar sus propios gritos.
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