MANTEQUILLA SOCIAL CLUB: EL ÚLTIMO HOMBRE EN LA BARRA

MANTEQUILLA SOCIAL CLUB: EL ÚLTIMO HOMBRE EN LA BARRA

Por Luis Menchaca

Entré a Mantequilla Social Club con un amigo y lo primero que me llamó la atención no fue la cocina, sino el público. Más de una docena de mujeres ocupaban la barra y las mesas. Los únicos hombres a la vista éramos mi amigo, yo y los cocineros. No sé si fue una casualidad estadística o una brillante estrategia de mercado, pero el mensaje estaba bastante claro: habíamos entrado a una especie de club social femenino donde, por alguna razón, también daban de cenar.


Mantequilla Social Club está escondido en Lomas de Chapultepec, en una de esas calles donde todo parece diseñado para que uno llegue en coche, se baje rápido y no haga demasiadas preguntas. El lugar, en cambio, obliga a quedarse, pero no te lo permiten porque sus reservaciones son constantes. Es pequeño, íntimo y deliberadamente cercano al fuego: una barra para unas quince personas, una cocina abierta y el tipo de distancia entre comensal y cocinero que hace imposible fingir indiferencia.

Al frente está César de la Parra, un chef que parece haber entendido algo bastante sencillo: la gente también sale a cenar para sentirse bien. Después de pasar por cocinas como Au Pied de Cochon, Estoril, Denominación de Origen, Berasategui, Aduriz y Arzak, y de dirigir durante años las cocinas de Grupo Carolo, regresó a México para construir sus propios lugares. La Once Mil fue el primero. Mantequilla, dos locales después, es su proyecto más reciente y probablemente el más descarado en su declaración de principios.

Aquí la mantequilla manda. No como detalle técnico ni como ingrediente de fondo, sino como una especie de filosofía. Todo está pensado para compartir, picar, untar, mojar y seguir comiendo aunque uno ya haya decidido que fue suficiente.

La gracia está en que el lugar no intenta parecer más sofisticado de lo que necesita ser. La cocina está ahí, a la vista, trabajando mientras alrededor la gente conversa, bebe, se ríe y observa qué está pasando del otro lado de la barra. El ambiente tiene algo de cena entre amigas, algo de bar y bastante de refugio para quien considera que una buena noche puede comenzar con carbohidratos y terminar con helado.

Y entonces vuelvo a la escena inicial: mujeres por todas partes, hablando, comiendo, tomando algo; mi amigo y yo tratando de pasar inadvertidos entre una clientela que evidentemente no nos estaba esperando. Los chefs eran los otros hombres del lugar. Por momentos aquello parecía menos un restaurante que una reunión a la que nadie nos había invitado formalmente, pero para la que, afortunadamente, sí había reservado mesa. Que eso es un tema aparte.

La comida sigue esa misma lógica: camarones pelados, manitas de cangrejo, paccheri con vodka picante, un French Dip preparado con el mismo ribeye de La Once Mil, una Black Label Burger y un grilled cheese con una inesperada nota dulce. Las papas curly, en cambio, no estuvieron a la altura. Por suerte, las salsas de la casa —Mantequilla Clarificada, Mayonesa Toreada, Firecracker, Ketchup Ahumada y Mostaza de Mostazas— ayudan a levantar el asunto. Para cerrar, Vainilla Soft Serve, en colaboración con Scoop: sencillo, frío y justo lo que uno necesita después de semejante despliegue de mantequilla.

Mantequilla Social Club entiende algo que muchos restaurantes olvidan mientras intentan impresionar: comer rico no requiere solemnidad. A veces basta una barra pequeña, buena música, una cocina trabajando a pocos metros y suficiente mantequilla para que la noche empiece a ponerse interesante.
Y sí: éramos dos hombres rodeados por más de una docena de mujeres. Pero cuando llegaron las manitas de cangrejo, decidimos que había cosas mucho más importantes que discutir.

DÓNDE: Monte Everest 780, Lomas de Chapultepec, Miguel Hidalgo, 11000 Ciudad de México, CDMX

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