23 Oct RYSZARD KAPUŚCIŃSKI: LA TRISTEZA DETRÁS DE LA GUERRA
Por Pepe Treviño
Fue testigo de guerras civiles, revoluciones y dictaduras. Pero su legado no se mide únicamente por los conflictos que cubrió, sino por los libros en los que convirtió el horror, la soledad y la fragilidad humana en literatura.
En Angola, la guerra podía cambiar de dirección antes del amanecer. Las alianzas se deshacían, los soldados abandonaban sus posiciones y las ciudades quedaban suspendidas entre la incertidumbre y el miedo. En ese paisaje de violencia y descomposición, Ryszard Kapuściński encontró una de las historias que mejor explican su manera de entender el periodismo. No la contó como una sucesión de operaciones militares, sino como una experiencia humana en la que nadie podía estar seguro de lo que ocurriría al día siguiente.
De aquella cobertura nació Un día más con vida, uno de sus libros fundamentales. Publicado en 1976, el relato reconstruye los últimos momentos del dominio portugués en Angola y el estallido de la guerra civil. Kapuściński escribe desde la proximidad del peligro, con la incertidumbre de quien presencia cómo un país se deshace ante sus ojos. La guerra aparece como una fuerza que altera la percepción del tiempo, desordena las certezas y obliga a reconsiderar el significado de sobrevivir.
Esa capacidad para encontrar una historia detrás del acontecimiento convirtió al periodista polaco en una figura singular del reportaje literario. Durante cuatro décadas cubrió guerras, golpes de Estado y revoluciones en África, Asia y América Latina. Fue testigo de la caída de gobiernos, de las luchas por la independencia y de la transformación de sociedades enteras. Sin embargo, la dimensión de su obra se descubre verdaderamente al abrir sus libros: allí, los grandes acontecimientos dejan de ser noticias lejanas y adquieren rostro, voz y memoria.

EL PODER CUANDO COMIENZA A DESMORONARSE
En El emperador, Kapuściński reconstruye el ocaso de Haile Selassie, el monarca que gobernó Etiopía durante décadas hasta su derrocamiento en 1974. En lugar de ofrecer una biografía convencional del soberano, reúne las voces de quienes habitaron los pasillos del palacio: funcionarios, servidores y miembros de una corte construida alrededor de la obediencia y el privilegio.
El resultado es un retrato inquietante de la naturaleza del poder. Los testimonios revelan un mundo de ceremonias, intrigas y lealtades que persisten incluso cuando el sistema comienza a derrumbarse. La tragedia no reside únicamente en la caída de un emperador, sino en la maquinaria humana que hizo posible su permanencia.
Años después, en El Sha o la desmesura del poder, trasladó esa mirada a Irán y al derrumbe del régimen de Mohammad Reza Pahlavi durante la revolución de 1979. Fotografías, imágenes de propaganda, recuerdos y observaciones se convierten en piezas de un retrato sobre la fragilidad de las dictaduras. Kapuściński examina cómo un gobierno puede parecer invencible hasta que las fuerzas acumuladas en su contra terminan por hacerlo caer.
Ambos libros revelan una de sus obsesiones: comprender por qué los sistemas de poder se sostienen, cómo construyen su propia realidad y qué sucede cuando dejan de conseguir que los demás crean en ella.

LA MELANCOLÍA DE QUIEN HA VISTO DEMASIADO
La tristeza que atraviesa sus páginas no necesita grandes declaraciones. Aparece en las ciudades heridas, en las sociedades obligadas a comenzar de nuevo y en la sensación de que, después de ciertos acontecimientos, algo desaparece para siempre.
Kapuściński conoció desde niño la precariedad y el desplazamiento. Nació en 1932 en Pinsk, entonces parte de Polonia y hoy territorio de Bielorrusia. La Segunda Guerra Mundial obligó a su familia a abandonar distintos lugares antes de establecerse en Varsovia en 1945. Aquella infancia marcada por la inseguridad ofrece un contexto importante para comprender su sensibilidad hacia quienes pierden su hogar, sus referencias y la posibilidad de imaginar el futuro.
En Ébano, una de sus obras más conocidas sobre África, reúne experiencias y escenas acumuladas durante años de cobertura en el continente. El libro se mueve entre conflictos, enfermedades, pobreza, diferencias culturales y encuentros cotidianos. Su interés se concentra en las personas y en las circunstancias históricas que condicionan sus vidas. África aparece como un territorio de enorme diversidad, atravesado por historias particulares que no pueden reducirse a una sola explicación.
La mirada de Kapuściński combina curiosidad y desasosiego. En sus textos, comprender al otro exige aceptar que existen realidades que desbordan las categorías con las que intentamos ordenarlas. Esa conciencia de los límites del observador le da a su escritura una dimensión íntima: el periodista también queda transformado por aquello que presencia.
EL MUNDO COMO CAMPO DE BATALLA
La guerra también aparece en La guerra del fútbol, una colección de crónicas cuyo título remite al enfrentamiento de 1969 entre Honduras y El Salvador, precedido por tensiones sociales, migratorias y políticas. El fútbol fue uno de los detonantes inmediatos de una escalada nacionalista, pero el conflicto tenía raíces mucho más profundas.
Kapuściński utiliza aquel episodio para explorar la facilidad con que las rivalidades colectivas pueden convertirse en violencia. Su trabajo no se limita a narrar el enfrentamiento entre dos países: examina los discursos, los intereses y las emociones que contribuyen a encender una guerra.
En El Imperio, por su parte, observa la transformación de la Unión Soviética y el mundo que emerge de su desintegración. La mirada se desplaza de los campos de batalla a las ruinas de un sistema político, las fronteras que recuperan su significado y las personas que deben adaptarse a una realidad radicalmente distinta. La historia, para Kapuściński, también deja escombros cuando no hay disparos.
EL PERIODISTA QUE TAMBIÉN ERA POETA
Su relación con la escritura no terminaba en la crónica. Kapuściński cultivó el ensayo, la reflexión y la poesía, géneros que le permitieron explorar cuestiones que no siempre cabían en el relato de un acontecimiento. En Lapidarium, una serie de libros formada por apuntes, fragmentos y reflexiones, reunió observaciones sobre la historia, la cultura, el periodismo y la condición humana.
También regresó sobre su propia formación en Viajes con Heródoto, donde relacionó sus primeras experiencias como corresponsal con las enseñanzas del historiador griego. El libro reflexiona sobre la dificultad de comprender culturas distintas y sobre la responsabilidad que implica describirlas. La curiosidad que impulsa al periodista aparece acompañada de una pregunta ética: ¿cómo contar la realidad de otros sin convertirlos en simples personajes de nuestra propia historia?
Su obra recibió numerosos reconocimientos internacionales. En 2003 obtuvo, junto con el teólogo peruano Gustavo Gutiérrez, el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, por una trayectoria que destacó por su atención a los sectores desfavorecidos y su independencia intelectual.
Kapuściński murió en Varsovia el 23 de enero de 2007. Tenía 74 años y dejaba una obra traducida a numerosas lenguas, leída tanto por periodistas como por escritores e historiadores. Su legado también conserva una dimensión polémica: algunos aspectos de sus reconstrucciones narrativas y de su relación entre literatura y documentación han sido cuestionados, recordando que la fuerza de una crónica nunca elimina la responsabilidad de verificar los hechos.
Quizá por eso conviene acercarse a él a través de sus libros. No para encontrar una versión definitiva de cada guerra, sino para descubrir cómo un periodista intentó comprender las fuerzas que destruyen países, trastornan vidas y modifican para siempre la memoria de quienes sobreviven.
En sus páginas, la historia nunca termina cuando se anuncia el final de los combates. Continúa en el silencio de las ciudades, en las ausencias y en la difícil tarea de reconstruir una vida después de la catástrofe. Kapuściński hizo de esa persistencia del dolor una de las preguntas centrales de su literatura.
No Comments